ALFONSO CUÑADO CALEIDOSCOPIO

CALEIDOSCOPIO [ 18 ] de Quino)–, se haya sentido por y para siempre “delante del misterio”, de ese misterio que fue, es y seguirá siendo la múltiple y cambiante, en definitiva, ya lo hemos dicho, la caleidoscópica –pocos adjetivos, así lo creemos, la definen con tanto acierto– pintura de Cuñado. Y llegados a este punto, ya debo callar –ya se lo decía Don Quijote a Sancho, “donde hay obras, las palabras sobran”–, y dejar que sean los sentimientos, los que nacen en nosotros al apreciar las obras de nuestro admirado Alfonso, los que hablen. En realidad, algo apuntó en esta línea Giacomo Casanova –en Historia de mi vida : “Sé que existí; lo sé porque sentí. Por eso sé también que, cuando ya no sienta, habré dejado de existir”–, y nos dejó escrito el gran José Saramago en su celebérrimo Ensayo sobre la ceguera : “Quiere decir que tenemos palabras de más. Quiero decir que tenemos sentimientos de menos. O los tenemos, pero dejamos de usar las palabras que los expresan, y, en consecuencia, los perdemos”. Colofón Y contra toda perspectiva utilitarista, Italo Calvino nos recuerda que los clásicos mismos no se leen –nosotros vamos a añadir, también, no se ven, esperando que nadie se enoje–, porque deban servir para algo: se leen –se ven– tan solo por el gusto de leerlos –de verlos–, por el placer de viajar con ellos, animados únicamente por el deseo de conocer y conocernos. Así que, no llevemos la contraria a Calvino, hagámosle caso, y disfrutemos de esos momentos sublimes, siempre inolvidables, que nos ofrece la luminosa, colorista y hermosa pintura del salmantino Alfonso Cuñado. Eduardo Azofra

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