Poéticas de Salamanca

14 que estamos en el buen camino de materializar ese peligro. Sin embargo, exposiciones como la de estos retratos que Florencio Maíllo pone ante nuestros ojos nos reconcilian con otras formas de ser en el mundo. Nos recuerdan que las poéticas, ya las de la palabra, ya la de la música o de la pince- lada, son capaces de trasladarnos a ese instante que nace entre dos pausas. Al recorrer la exposición sabemos que es cierta la afirmación del poeta senegalés Léopold Sédar Senghor, Doctor Honoris Causa por la Universidad de Salamanca. Afirmaba en uno de sus escritos que existe un poderoso nexo entre la poesía y la esperanza: «La poesía no puede morir. Si no, ¿quién cantaría la esperanza?». Las poéticas nos remiten, pues, a una infinita alegoría de sende- ros que se bifurcan, de silencios y de cánticos indefectiblemente asociados al entorno salmantino en este caso. En el recorrido predominan los poetas. Pero no son los únicos en desplegar lo que en su sen- tido más amplio puede acogerse bajo el epígrafe general de poética. Porque tanto la poesía como las artes plásticas y la música tienen un sustrato común, como puede apreciarse con la presencia de Sorolla y del maestro Bretón. Sorolla con su visión de los paisajes charros, su luminosidad y sus «tipos de Salamanca», por no hablar del retrato de Unamuno; Tomás Bretón, ensalzando el nombre de su ciudad y aventando salmantinismo a través de sus partituras. La metáfora, una vez más, es un ingrediente fundamental, y la búsqueda de la estética puede transportarnos por diferentes itinera- rios que, a la postre, acaban confluyendo, aunque las expresiones formales sean distintas. El orden de la praxis tiene que ir necesariamente unido a un orden ontológico en cualquier acción humana. La utilidad y la productividad que subyacen a la concepción más instrumental del mundo pretenden dominar el entorno y transformar la materia a partir de un sujeto todopoderoso ante una naturaleza que durante mucho tiempo hemos intentado explotar hasta casi acabar con ella. Está empezando a quedar claro que el mandato que conmina a la realidad a deponer su confi- guración interna para entrar en la estructura de la razón tecnológica no consigue sino uniformizar, y en consecuencia enajenar al ser. Por eso es tan necesario recurrir al instante entre dos pausas que en cada ser humano revela nuestro yo más íntimo. Algo así se ha tratado de reflejar en estas fotos digitalmente tratadas por Florencio Maíllo, artista bien conocido por esas identidades –auténticas geografías del pensamiento– que iluminan las casas de Mogarraz. Es a esa creatividad a la que nos acercan las poéticas. La poesía es la gramática que nos piensa, la música es el espacio que nos rodea, la pintura es el vacío que nos une. Cualquier poética es lo que queda tras el después y lo que existe previo al antes. Lo que nos permite sobrevivir en ese monótono ritual que a veces guía nuestros días. Pero cualquier poética es, además, lo que interroga el futuro y

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