ALFONSO CUÑADO CALEIDOSCOPIO
CALEIDOSCOPIO [ 16 ] un mundo sin libros”. María Victoria Atencia e Ida Vitale (XXIII y XXIV Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana), tienen unos poemas dedicados al libro que son canela en rama. Y no menos asombrosa resulta la viñeta de Mafalda: “¿No sería maravilloso el mundo si las bibliotecas fuesen más importantes que los bancos?”. Y, además, nos acompañan la danza y la música –los asuntos más recientes, los últimos en llegar a su repertorio, por ahora. Música que sale, rebasa, atrae, roza, envuelve, hechiza–. Tampoco falta el tema taurino –corren malos tiempos para la tauromaquia fijada en Arte– y su serie de las Meninas –Velázquez como inspiración. Sabia elección, sin duda. ¿Otros referentes?, pregunté. “Los impresionistas, los postimpresionistas, el gran Joaquín Sorolla, Marc Chagall, y en el desnudo fue clave Lucian Freud”. Se quedó pensativo, apenas unos segundos, y añadió: “Joaquín Mir, sí, él también ha sido muy importante”–. Cada aficionado tendrá sus preferencias personales en esta exposición que, concebida a manera de singular mosaico de diálogos, busca emocionar; pero yo debo volver al origen de mi relación con el pintor, y ahí está el paisaje urbano; ese que muchas veces por cotidiano se vuelve invisible, ese que de manera inapreciable a nuestros ojos muta constantemente y, en ocasiones, muy deprisa. Ya lo dijo Charles Baudelaire: “Por desgracia, el aspecto de una ciudad cambia más deprisa que el corazón de los mortales”. Y Alfonso Cuñado está entre los pintores que llegan a captar y capturar esos cambios, incluso por pausados e insignificantes que sean; está entre esos que consiguen perpetuar/crear el paisaje urbano. A lo largo de su ya extensa trayectoria creativa, su pintura se ha caracterizado por ser, en palabras de Sela del
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