ALFONSO CUÑADO CALEIDOSCOPIO
[ 15 ] CALEIDOSCOPIO el gesto y la concentración son los de un amanuense medieval. Soporte, cuadrado, bata blanca, espátulas alineadas –siempre en orden, predispuestas para emprender el camino–, óleos, acrílicos y cubiletes –bastantes, y algunos de porcelana– repletos de pinceles. Análisis, intención, mancha, construcción, geometría, recomposición, y, sobre todo, deconstrucción –quizás la palabra que más repite cuando habla de su obra–. Todo eso, que es decir mucho, encierra la luminosa, excitante y embriagadora pintura de Cuñado –droga legal, engancha, y mucho–, que es explosión de color, de miles de cristales de color, y encanto. Desenlace. “Elijo lo que me hace disfrutar” Enmás de una ocasión le he formulado lamisma pregunta a Alfonso. Su respuesta, tras negar reiteradamente con la cabeza, siempre ha sido la misma: “En mi obra no se pueden establecer etapas. No las busques, no las hay. Sencillamente, disfruto pintando. Elijo lo que me hace disfrutar”. Y en esa elección se van sucediendo distintos temas, todos presentes en esta exposición, no falta ninguno, aunque en algún caso lo estén solo con una obra. Aquí aparecen sus naturalezas muertas –quizás la materia más permanente en su obra–, sus desnudos –pintura de la suavizada calidez de la piel–, sus paisajes, y también los urbanos, sus maternidades –retrato de un instante robado de intimidad cotidiana, de inmensa humanidad–, y, junto a ellos, la lectura –Jorge Luis Borges hizo que más palabras no fueran necesarias: “Hay quienes no pueden imaginar un mundo sin pájaros; hay quien no puede imaginar un mundo sin agua; en lo que a mí se refiere, soy incapaz de imaginar
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