Enrique Seco San Esteban
13 L a primera intención es lo que cuenta. Sin la primera intención no hay nada. Dicho así, lo que podría valer en la vida sirve para la pintura o, mejor dicho, para cuanto germina en una obra de arte. Sin la primera intención, no existe ni luz, ni color, ni vacío, ni oscu- ridad, ni siquiera el trazo que lo hace posible, ni el borrón que hará resucitar una pintura sobre otra. Si es cierto aquello de que “el estilo es el hombre”, tal cosa adquiere forma en la pintura –y en la vida– de Enrique Seco San Esteban, cuando refiere la importancia de la primera intención en todo artista. Este autodidacta, nacido en Zamora en 1938, comenzó a pintar sin pinceles observando las eras en su infancia, las estaciones, los fríos y las parvas hasta darse con la juventud de bruces en el mayo francés de aquel París, tan distante para él entonces como aún hoy. Enrique Seco San Esteban confió en su talento en la perseverancia como actitud, abrió la ventana de su buhardilla y fijó en ella las cuatro estaciones de Vivaldi en torno a los trabajos del campo que habían fijado su retina: la sementera, los trigales, los aperos y las alforjas de los animales. Quizás sea la razón por la que en su estudio encuentras escrita la sentencia de Cicerón: “La agricultura es la profesión propia del sabio, la más adecuada al sencillo y la ocupación más digna para todo hombre libre”. Alfarera. 2019 Óleo sobre tabla. 63 x 68 cm
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NTYwMjU1