Enrique Seco San Esteban

16 Razón aparte supone la presencia de la madre, en cuyo retrato, cosiendo, se escapa el pintor de oficio y excelente retratista que es San Esteban. O en el académico autorretrato que realiza en París para dejar en él algo matérico a través de magníficas veladuras. A las numerosas exposiciones desde los primeros años sesenta, no es extraño que sume varios libros de creación narrativa y poéti- ca, por cuanto su pintura trasciende distintos planos secuenciales de creatividad: “Estaba disfrutando el pastor de este maravilloso mun- do, que sólo se puede ver cuando se duerme en paz o de muerto, cuando la oveja tamborila con el ronco sonido de su cencerra lo despertó y en esta trashumancia de sueño a realidad empezaba a verlo todo como era, aunque todavía con el vivo recuerdo de algu- na legaña cuajada en el cielo”. Así pinta, en palabras, la historia de Barzona, la perra de un pastor que dio nombre a su hermoso relato. Nos encontramos ante una obra sumamente definida, más que personal, vivencial: cuadros de tema rural, sobre todo, de personajes rurales dedicados a sus tareas anteriores a la menor mecanización que nada tiene que ver con la segunda revolución industrial y mu- cho menos con la digitalización de procesos agrícolas actuales. Su mirada es la de quien ha detenido en su pintura la mirada, y con una técnica pictórica magnífica desdeña el ruido de las máquinas y ama el corral de gallinas en su casa de Carrascal hasta pintar un plato con un buen par de huevos fritos. Lo que este pintor pinta en exclusiva es lo ancestral, lo rural de siempre, lo que él vivió y sigue viviendo del recuerdo de Madridanos del Vino, donde creció. En este sentido, la sinceridad es total por- que se sigue alimentando no de las “escuelas” artísticas, sino de la Retrato de mi madre. 1985 Óleo sobre tabla 78 x 62 cm Autorretrato pintado en París. 1969 Veladuras de óleo 43 x 34 cm

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