Enrique Seco San Esteban

18 en el que más le vale para testimoniar el mundo rural, el recuerdo, el eco, el sueño aún hoy. Ha logrado, pues, el estilo más testimonial que le parece para la expresión de lo rural, por encima de estilos im- puestos, como así de personal también es su técnica. Sus pinceladas se apartan del impresionismo, donde únicamente quería reflejar los juegos de luz efímera en las cosas para elegir una pincelada que es casi metáfora en el esfuerzo de los personajes que pinta. De ahí el ex- presionismo. Sus personajes se afanan en sus tareas y por definición tienen que estar reflejados en pinceladas “afanosas”, como metáfora del esfuerzo humano. Lo mismo ocurre con sus colores. No son colores de moda, in- ventados o cromáticamente impuestos. Son los colores del mundo rural, los que aparecen a los ojos afectivamente abiertos al mundo rural, intemporal frente a todo lo demás. La pintura de San Esteban usa, por ello, los pardos en toda su gama, los azules de los cielos y los verdes del campo. Colores fundamentales de la tierra y, por ello, los mismos colores de la paleta del pintor, que, de nuevo, no intenta ser creativo hoy, sino testimonial en un tiempo sin límite. Ha entrado, desde 2010 en que se le concedió el premio de las Artes de Castilla y León, en ese olimpo donde andan Díaz Caneja, Baltasar Lobo, Francisco Regueiro, Venancio Blanco, Ana Jiménez o Cristóbal Halftter. En la actualidad, Enrique Seco San Esteban se sienta ante el caballete desde una luz madrugadora, hermosa y diá- fana de un ventanal zamorano. San Esteban es reflejo sincero de un mundo en el que le tocó pasar la infancia y que él ha elegido para ser tema de su obra pictórica y escenario de su vida, una excepcional pintura sentida y vivida, reflejo sincero de un mundo rural y también de su propia existencia. Campesina sembrando a voleo. 2019 Óleo sobre tabla. 27 x 21 cm Hilandera hilando el copo en el campo. 2018 Óleo sobre cartón. 38 x 31 cm

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