Josefina Pérez de la Torre

( 13 ) Serenidad y ternura que sirven de marco a esos paisajes de su jardín interior en que mece ( briza , hubiera dicho ella) su sensibilidad, hacién- dola disfrutar de la luz a la vez que de la lluvia; las mieses de oro castella- nas, junto al infinito océano de la mar gaditana; las encinas y los olivos; el persistente y dorado otoño, a la espera de una lejana y leve primavera cubierta de rocío por las mañanas, en las que empiezan a brotar las ho- jas; el cielo azul, soñado de la vida, que contrasta con el remanso del río del verano o con el mar eterno. Por ese jardín paradisíaco en que juegan los pájaros, mientras va surgiendo poco a poco la vida que late en esos corderillos recién nacidos ( nuevos , hubiera dicho ella) un niño contem- pla a un perrillo de pelo suave, rizado, tan bonito ( guapo , hubiera dicho ella). Por todas partes campan por su respeto las flores y hasta se acomo- dan bien al jarrón en el que una joven maestra coloca unas amapolas, con las que llena de alegría su clase. Fue una mañana de primavera en que estalló la luz en el aula infantil de un pueblo de Castilla y no se apa- gó, ni siquiera cuando las flores se fueron poniendo lacias y terminaron por convertirse en un montón de hojas marchitas, extendidas alrededor de la jarra. No solo amapolas. Ahí están acompañándonos también las suaves azulinas o el romero o, dejando atrás el paisaje de las encinas y pasando al de los olivos, los verdes brillantes de las vides, las humildes violetas de la oliva, las chumberas. ¿Qué más da si contemplamos el hori- zonte dorado de las espigas castellanas o el claro mar de Cádiz? Desde estos paisajes que encontramos en la escritura de Josefina deberíamos observar los cuadros de esta exposición. Entenderemos así que esta forma parte del equipaje de alguien que quiso convertirse en naturaleza. Lo explica así ella misma:

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