Josefina Pérez de la Torre

( 12 ) He ido de sorpresa en sorpresa hasta enterarme, por fin, mientras se prepara esta exposición, de que estos cuadros los había pintado Jo- sefina Pérez de la Torre. Salmantino lígrimo que soy, no tengo perdón por no haber caído antes de que no le cuadraba la condición de anóni- ma a una parte de esta obra que he ido conociendo de una manera des- ordenada a lo largo de muchos años. Quizá esto se deba a que participo de la falta de interés de algunos salmantinos por esa vasta cultura, ajena al canon de lo oficial, que tenemos diseminada por distintos espacios de la ciudad. Y el caso es que existe una prodigiosa cultura material e inmaterial depositada en las casas de nuestros conciudadanos, de cuyo interés no somos conscientes. ¿Cuántas veces me habré cruzado con Jo- sefina en la calle, sin haberme dado cuenta del universo luminoso por el que se movía, contenido en cuadros como los que podemos contem- plar hoy en esta exposición? La mayor parte de ellos no los hubiera sabido relacionar con esta exquisita, refinada, independiente y viajera mujer. Y ahora que les pon- go nombre, tengo ante mí otros ante los que me siento más perplejo aún, pues ni siquiera recuerdo haberme encontrado con ellos antes. Aunque posiblemente sí los haya visto y no me lo haga saber el delgadí- simo hilo en que se sustenta mi memoria. Se trata de esas humildes na- turalezas muertas, en forma de flores, que me han abierto una ventana a un particular jardín grabado en la imaginación de Josefina . Este me recuerda al que se va formando –aunque construido de otra forma– en ese libro-refugio en que Elizabeth von Arnim acoge una cercana y ama- ble naturaleza. Se trata de su libro Elizabeth y su jardín , donde explica la escritora cómo se acogía a ese espacio particular huyendo de la dureza de la realidad cotidiana. Josefina encontró otra forma de naturaleza amiga y cercana para alejarse de la rutina diaria, amparándose gozosa y modestamente en la libertad que encontraba en ella. No es el único camino para acceder a esa otra realidad, a la que nos lleva también por medio de sus palabras, en dos preciosos libros --de poesía uno de ellos y de prosa el otro-- en los que podemos observar la misma contenida serenidad y ternura que contiene su pintura.

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