Josefina Pérez de la Torre
( 27 ) prosa literaria personal a la que incorpora a veces dibujos. Algunas de estas cartas pueden verse en esta exposición. Pero el gusanillo literario le hizo publicar dos libritos, hoy casi inen- contrables: uno de poemas con un título que ya indica que es la obra de un pintor metido a poeta: Pinceladas . El otro librito lo es de cuentos, 7 días en la vida de un escolar y otros cuentos . Si el título ya sugiere lecturas, el interior responde a lo que se ha llamado prosa poética, pues en sus líneas se advierte el gran sentido poético de su palabra, lo mismo que sus cua- dros eran modelo de pintura poética. Y un detalle que indica el talante afectivo de Josefina: pudiendo ella haber ilustrado ambos libritos, no cae en el “juanpalomismo” y da cancha a su primer nieto, Miguel de Unamu- no, estudiante de Bellas Artes, para que ilustre los libritos. Quiero morir pintando. (Paul Cezanne) T ambién lo quiso Josefina, pero no lo logró. En 1997, un acciden- te cerebro-vascular y la pérdida progresiva de la visión la apartaron de toda actividad pictórica y literaria. Así estuvo ocho años hasta su muerte en su Salamanca de adopción, en enero de 2005. Como deseaban los romanos a sus difuntos: “Que la tierra le sea leve”, que ella nos dejó la sentida levedad de su pintura. Y aquí se termina esta glosa que no ha querido más que, de la mano de artistas geniales, mirar en el reverso de los cuadros porque en ellos, a veces más que en el reverso, se percibe la huella vital de autor, el ca- ñamazo de una existencia que luego se tejió en el lienzo, como ocurre con la obra de Josefina Pérez de la Torre, artista en la que puede verse perfectamente que pintó como fue, porque el anverso, pero también el reverso de sus cuadros, nos enseñan una vez más que “el estilo es el hombre”, en este caso la mujer, una gran mujer.
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