ALFONSO CUÑADO CALEIDOSCOPIO

CALEIDOSCOPIO [ 14 ] huellas que en ocasiones él tamiza con unas sutiles veladuras finales aplicadas con el pincel. Estábamos en su estudio, contemplando –quizás, yo, hasta un tanto ensimismado– sus cuadros, cuando, de repente, Alfonso, muy serio, con gesto circunspecto, me dijo, o a lo mejor me confesó: “La luz. Para mí, en mis obras, lo más importante es el estudio de la luz. En realidad, la luz resuelta con color. La hora azul”. Creo que mis ojos, mi mirada, mi gesto –aún el uso de la mascarilla no era obligatorio– me delataron. El pintor insistió, ese aspecto era/es primordial para él. “Sí, me refiero a esa luz azul que cubre, que lo envuelve todo, cuando el día está a punto de acabar, cuando ya apenas queda nada para que se inicie el anochecer”. Sonreí. Dije: “Ya, la luz crepuscular de tus paisajes urbanos nocturnos”. También él sonrió, y apostilló: “En la luz y en la sombra hay color, colores, y me encanta el azul de las sombras”. Por cierto, casualidad o no, seguro que no, su espacioso, armónico y ordenado estudio destila, sobre todo, luz natural, directa, indirecta, filtrada, tamizada. Su casa, hogar, también. A estas alturas de la historia, no creo que le sorprenda a nadie. En los cuadros de Cuñado, sin duda, lucen infinitos ocres, amarillos, naranjas –seguro que algo tiene que ver la piedra de Villamayor y sus incontables matices–, y se funden innumerables violetas, azules –no podía ser de otra manera–. Esos están, se aprecian, y no se confunden. Las presencias marcan, pero las ausencias definen. Y en la obra de Alfonso apenas asoman los verdes, carece –carestía casi total– de rojos. “¿Por?”, pregunté. El pintor esbozó una sonrisa, y se encogió de hombros. Todo estaba dicho o, por lo menos, a mí me sirvió. En definitiva, cuando Alfonso Cuñado pinta,

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