Mª Cecilia Martín

vista se pierde en esas tierras amarillentas que se confunden a lo lejos con un cielo anubarrado. La naturaleza es aquí la gran protagonista, con la serenidad que da todo lo que vence al tiempo: unos campos por los que pudieron transitar lo mismo las huestes del Cid que los hombres que iban a enrolarse en los tercios viejos de la España imperial. Pero a Cecilia Martín le ha gustado también recoger en sus paisajes la nota inclemente de campos y montañas enmudecidos bajo el frío invernal, como en Las Quilamas , ese óleo pintado en 1999 en el que se contemplan unas lindes espolvoreadas de nieve y al fondo un boscaje sombrío en cuya cumbre pone su nota nívea la mano del invierno. No rehúye María Cecilia la figura humana. En ese sentido, su gran apor- tación, y acaso su obra maestra, es la evocación de la figura impar de Unamuno, destacando sobre el campo amarillo de la tierra salmantina. Aun así, para mí la obra más cargada de poesía, de íntimo lirismo, una obra verdaderamente magistral es ese óleo que pintó María Cecilia en 1998, en el que, ante el sempiterno campo amarillo de la estepa castellana, aparecen en pri- mer término dos figuras femeninas: una mujer y una niña. La mujer está de espaldas, pero se adivina toda su cautivadora figura, su personalidad, un tanto misteriosa (un misterio que proporciona el recurso del artista de ocultarnos su rostro), pero que está lleno de vida con la graciosa manera con que sostiene una cesta colmada de frutas que nos dan ya una pista sobre la estación del año; pues aparecen uvas en esa cesta, lo cual nos hace pensar ya en los comienzos del otoño. Pero hay otra figura femenina en ese cuadro. Se trata de una graciosa niña, que nos mira de frente como asombrada al vernos aparecer. Una niña deliciosa, grácil, casi aérea y que lleva en su mano diestra un puñado de florecillas. Estamos ante una obra magistral, una de esas obras dignas del mejor museo, para que todo el mundo pueda admirarla y pueda disfrutar admirándola. Por lo tanto,María Cecilia no es solo la pintora de los paisajes castellanos. También presta su atención al ser humano. En el campo o en la ciudad, tanto captando a los campesinos que trabajan en las tierras de labor, como a los vian- dantes que transitan por una ciudad monumental, que pronto adivinamos que se trata de su querida Salamanca. Más raro es que aparezca el tema de la mar, aunque, cuando lo pretende, consigue dar una gran vida a su cuadro, como en 16 M.ª C ECILIA M ARTÍN

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