Mª Cecilia Martín

salida de los soldados del cuartel de Infantería, que estaba entonces aislado, casi fuera de la población; o cuando el tren procedente de Ciudad Rodrigo y Portugal hacía un alto, antes de llegar a la estación, en un fielato, o apeadero, situado en la calle Sánchez Ruano, hoy M.ª Auxiliadora, mezclándose curiosos personajes con las voces de los vendedores ambu- lantes. En las madrugadas pasaban, desde losVillares de la Reina, lavanderas, montadas en burros con los serones cargados de ropa para lavarla en el río Tor- mes, volviendo al atardecer. En otoño, los rebaños de ovejas trashumantes atravesaban Salamanca, con una retahíla de perros y burros, camino de Extre- madura para volver en primavera hacia los pastos leoneses.Ya casada, vio estas estampas que hoy pue- den parecer anacrónicas desde los balcones de su casa en la avenida de Alemania, antiguo cordel de merinas. 25 L A VIDA Y EL ARTE El bisabuelo materno de M.ª Cecilia fue un avispado maestro de obras que tuvo la intuición de que el principal y el más rápido crecimiento de la ciudad se produciría hacia el norte, por las carreteras de Zamora,Toro yValladolid; teniendo la estación de Ferrocarril a la derecha y las zonas rurales con casas de labranza a la izquierda. Compró terrenos, constru- yó viviendas y en otras ocasiones vendió parcelas edi- ficables. Este fue el motivo principal por el cual el joven matrimonio se instaló en esta zona de la ciudad comprendida entre la plaza de Don Julián Sánchez el Charro, calle de las Eras y Dimas Madariaga, donde nació y donde transcurrió la vida de nuestra pintora hasta 1953. Tendría ella cuatro o cinco años cuando se instalaron en estos barrios, que habían surgido sin planes de urbanización determinados, ofreciendo un aspecto todavía bastante rural. Sus nombres recordaban el campo y sus faenas. Cerca de su casa, a no más de doscientos o trescientos metros, corría, entre desmontes, el ferrocarril portugués, hoy con- vertido en avenida de Portugal.También había una fábrica de harinas, otra de velas, alguna casa de labranza con bueyes, perros y gallinas; algo más ale- jado, el colegio de los Salesianos. Al otro lado del ferrocarril existió una tahona, almacenes de leña y carbón. Entre estas pequeñas industrias quedaban espacios libres con cardos, flores silvestres y campos con espigas, reductos campesinos que fueron desapa- reciendo con la construcción de viviendas, quitándo- le aquella fisonomía rural que ella identificaba con el pueblo donde había comenzado a caminar y a balbu- cir sus primeras palabras. El barrio se animaba a la Portales de San Julián, donde vivieron sus abuelos paternos. Fotografía del libro de Cándido Ansede

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