Mª Cecilia Martín
le permite pintar en su estudio. Este estaba situado en el ático de una vieja casa en la madrileña plaza de Tirso de Molina. Todo el edificio, incluyendo sus habitantes, tenían ese aspecto decimonónico, román- tico y triste de las gentes y cosas que no han logrado traspasar el umbral de la modernidad. Las largas conversaciones entre aquellas pare- des, donde habían pintado artistas como Rosales y Muñoz Degrain, fueron durante dos temporadas regalo y lección constante para M.ª Cecilia, que escu- chaba, de labios de Martínez Vázquez, cosas sobre Sorolla, Anselmo Miguel Nieto y anécdotas siempre pintorescas de Gutiérrez Solana. Don Eduardo Martí- nezVázquez, gran paisajista, despertó en M.ª Cecilia el amor por el conocimiento del paisaje, consiguiendo con sus enseñanzas que la predilección que la pinto- ra sentía desde el inicio de sus estudios por la repre- sentación de la figura se viera algo desplazada, repartiendo desde entonces sus preferencias entre las dos modalidades. En los años posteriores, cuando sus conceptos alcanzaron la madurez para comenzar una obra personal, dedicó sus esfuerzos al estudio y arti- culación de la figura y el paisaje como médula de casi toda su obra. La inclinación que M.ª Cecilia sentía por la interpretación puntual de un arte figurativo, conjuró cualquier intento de desviación hacia otras tenden- cias; vio claramente que su obra no sería auténtica por distinto camino. Otros compañeros se lanzaron valientemente hacia la aventura abstracta, siendo artistas reconocidos internacionalmente. Ella, cons- ciente de la rapidez con que el arte evolucionaba, pensó que cualquier modalidad sería buena siempre 36 M.ª C ECILIA M ARTÍN Apunte de desnudo , 1948. Lápiz-papel, 32 x 26 cm. Col. de la artista
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