Josefina Pérez de la Torre

( 16 ) Un beso de mi madre me hizo pintor. (Benjamín West) P ero hubo otras llamadas en su vida y Josefina se casó muy joven, a los veinte años, abriéndose a otras solicitudes además de las artísticas. Y es que tuvo cinco hijos que llenaron su vida y condicionaron eviden- temente su arte en temas y en dedicación. Si West, el primogénito de los pintores estadounidenses, afirma la influencia materna en su dedi- cación, ahora podemos afirmar que los hijos de Josefina –y sus besos– modificaron su quehacer pictórico; que pintó mucho menos pero que se abrió a nuevos temas y enfoques pictóricos como los muchos cuadros de maternidades que pintó a lo largo de su vida y que son casi un com- ponente básico de su ADN pictórico. Y luego fueron los nietos… Ser artista es creer en la vida. (Henry Moore) Q uizá en esta época las pinturas tuvieran una pausa, pero no la tuvo la sensibilidad de Josefina, que fue asimilando pictóricamente las viven- cias de esposa y madre de forma que luego su pintura llegaría a ser un modelo de sensibilidad. Antes de la actual cruzada de reivindicaciones feministas la pintura de Josefina no es solo una pintura femenina, sino de una estética que podemos llamar maternal por suave, delicada, afec- tuosa y entrañable. Y si es cierta la frase de Moore (y no hay que pensar que no lo sea), la pintora no solo creyó en la vida, sino que se arrojó a ella con la máxima osadía, la de ser madre y traer a este mundo a otros seres. Por eso es natural que su experiencia familiar fecundase su propio ser de artista. Si como decía Joan Miró “las cosas más simples me dan ideas”, la experiencia vital más profunda, la de la maternidad, le dio a Josefina y a sus pinturas no solo ideas, sino sentimientos, emociones y

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