Josefina Pérez de la Torre
( 18 ) que, pese a todo, sigue cultivando su vocación de pintora. Menos que en otras épocas, pero con cierta asiduidad, la que su vida familiar le permitía. Por estos años pinta en un estilo que algunos han llamado “neoimpre- sionismo realista”, que no quiere decir otra cosa que un estilo personal con una iconicidad muy cercana a lo representado, aunque realizado con unas pinceladas muy resueltas en un colorido más bien fuerte que ofrecía consistencia más que dureza a la luz que predomina en los cuadros sobre el propio dibujo. Para Josefina la pintura no era una mera evasión entre sus obliga- ciones (alguien ha dicho que “el arte es la única manera de huir sin salir de casa”), sino que se siente casi profesional y participa en algunos concursos de pintura obteniendo algunos premios, seis o siete, como uno especial en la temática del retrato. Sólo soy un hombre simple en pie, a solas con sus viejos pinceles, pidiéndole a Dios por una inspiración. (Pedro Pablo Rubens) Por los años setenta los vínculos familiares de Josefina se aflojan y siente que es el momento de dedicarse por entero a la pintura, la vocación de toda su vida, postergada durante años por sus afanes familiares. Ella está en una edad en la que otros artistas consideran colmada, si no culminada, su vida artística. Josefina se lanza a pintar y a exponer con el afán de un neófito. Pero con una diferencia: no se considera profesional en los temas pintando lo que le encargan o lo que el entorno le sugiere. Ella va a pintar sobre todo temas que le impliquen emocionalmente. Su pintura va a ser para ella una especie de biografía al tiempo que una defensa frente a los contratiempos y una afirmación propia ante las contingencias de la vida. Quizá porque Josefina conocía (o por lo menos la sentía) la frase de Van Gogh de que “el arte es para los que están abatidos por la vida”, su pintura se va a limitar a los temas que le conciernen más vitalmente. Ha enviudado
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