Josefina Pérez de la Torre

( 19 ) y sus hijos ya siguen sus propios caminos y Josefina, como Rubens, se siente como una simple mujer que se enfrenta, con sus viejos pinceles que tomó desde su infancia, al arte, ya sola ante él. Ella se siente profesional en su dedicación, pero no en el despliegue de la diversidad de los temas. Ahora viaja y pinta. Si antes habían sido solo Salamanca, los recuer- dos y los sentimientos, ahora serán Cádiz, Escocia y otros lugares que le ofrecerán paisajes nuevos para sus vivencias pictóricas más íntimas que profesionales. Como profesional se esfuerza en exponer y mientras pudo (la enfermedad) celebró más de veinte exposiciones individuales y más de otras tantas colectivas. También consigue una veintena de pre- mios que seguro que estimularon su afán pictórico. Y se vuelve a casar de nuevo con un buen hombre que tuvo a gala ejercer como albacea de la producción artística (cuadros y versos) de la artista. Pero en los temas se autolimita a los que emocionalmente le con- ciernen. No pinta prioritariamente para la venta ni para el aplauso. Pin- ta para expresarse y afirmarse ante la vida. Por eso sus temas van a redu- cirse a los más sentidos: retratos, paisajes, maternidades y bodegones. Si alguna vez pinta otros temas que podemos llamar “de género”, los pinta por “hacer dedos”, para no amanerarse en la repetición de sus temas más sentidos. Ella siente, con Goya, que “el acto de pintar se trata de un corazón contándole a otro corazón dónde halló su salvación”. Josefina ha encontrado en la pintura de sus temas queridos su más cierto imple- mento vital. De ahí la conveniencia de mirar también el reverso de sus cuadros, porque en ellos puede aparecer la huella vital del artista. La simplicidad es la máxima sofisticación. (Leonardo) E n este momento de su vida Josefina va aquilatando también su téc- nica. Si antes se podía hablar de un nuevo “neoimpresionismo realista”,

RkJQdWJsaXNoZXIy NTYwMjU1