Josefina Pérez de la Torre
( 21 ) El que esto escribe vio sin saber de quién un retrato pintado por Josefina. Enseguida lo identificó: era el retrato de Carmina Unamuno. Pero es que también percibió la sincera cordialidad que era una de las virtudes de la retratada. Otro cuadro, casi ni retrato sino más bien una maternidad, representa una mujer tumbada en la hierba y, sobre ella, un niño pequeño, su hijo, que se afana en chuparse el dedo pulgar. Del niño solo se ve media cara. En ella destaca un ojo que expresa plena placidez y total confianza en su madre. El ojo bastó. «–Pablo, este es tu hijo Juan». Lo era, y la autora coincidió con Modigliani y pintó el ojo del niño porque conocía su alma. Pero quizá lo que ocurrió es que Josefina co- nocía el alma de su nieto porque conocía antes su alma de abuela. Con un ojo miras el mundo exterior, mientras que con el otro miras dentro de tu alma. (Amedeo Modigliani) A l lado de los retratos, sin serlo, aparece una serie de cuadros que podemos llamar maternidades. Casi siempre en plano medio, se repre- senta una mujer con su hijo en brazos, a veces sobre un fondo de interior familiar (la cocina, la alcoba…). Otras veces, según va avanzando la obra de la pintora, el entorno desaparece y las dos figuras quedan enmarcadas en un fondo abstracto muy matizado que va afinándose a lo largo de los años. De alguna forma ya se ha dicho que, seguramente, en todos estos cuadros Josefina, sea la mujer como sea, se pinta a sí misma. Es decir, mientras pinta el cuadro, evidentemente sin modelo, se pinta a sí mis- ma. Es decir, mientras pinta el cuadro, con un ojo está mirando dentro de sí misma, con el ojo del recuerdo añorado. También algo de esto dijo Paul Klee: “Un ojo ve, el otro siente”.
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