Josefina Pérez de la Torre
( 22 ) Hay otra peculiaridad más en estas maternidades, quizá de nuevo ocasionada por el rescoldo maternal de la pintora. Casi todas las mujeres de sus maternidades están dando el pecho a su hijo, con una placidez y una naturalidad alejadas de falsos pudores y de extemporáneos morbos, porque están ejerciendo una gratísima y honda tarea maternal, quizá la más maternal de todas. Por eso en Josefina las madres lactantes son una tipología pictórica a la manera de la de los pintores bizantinos, que esta- blecieron una subcategoría de los iconos de la Virgen María: la Virgen Galactotrofusa, la Virgen que alimenta con su leche a su Hijo. Y es que, también en estos cuadros de Josefina, la maternidad más sentida, la de la relación de la madre con el hijo, no pierde su componente virginal. Tanto debió de gustarle a Josefina el tema de la maternidad que pintó incluso cuadros de maternidades en ciernes, que no otra cosa son los cuadros de niñas jugando con sus muñecas. La Naturaleza no es sólo todo lo que es visible a los ojos… También incluye imágenes internas del alma. (Edvard Munch) A fuer de repetirnos, hay que decir una vez más que Josefina, más que muchos pintores, pone su alma en sus cuadros de forma que puede afirmarse que en todas sus obras se pinta a sí misma. Ello puede expli- carnos los tipos de paisajes que pinta. Cuando los paisajes son urbanos, los suele pintar sin figuras quizá porque en estos cuadros los edificios se bastan para representarse a sí mismos en la exterioridad de sus edificios. De este modo aparece Sa- lamanca, tanto la tópica vista de sus catedrales recortándose sobre el cielo, como la de sus rincones más humildes que quizá sean los más de- finitorios de la monumental ciudad o, por lo menos, los que comulga- ban más con la humildad de la pintora, con la que coincide la humilde figura de una vieja y empequeñecida costurera. En otras ocasiones se
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