Josefina Pérez de la Torre

( 24 ) el mar en su apacibilidad, siempre es un mar sereno con suaves pla- yas o serenos acantilados. Este mar sería casi de postal si no estuviera ahondado por la sensibilidad de la pintora, siempre ella en el reverso que impregna estos cuadros con una personal gama de grises, azules y sutiles malvas. En otras ocasiones el mar es un apacible estanque en el que se mece, siempre en primer plano, algún velero solitario, seguramente amarrado, que debe compendiar la experiencia marinera de Josefina. Por su nacimiento cántabro y sus estancias gaditanas, se ve que estos cuadros no son de receta sino de visiones del recuerdo idealizado de las excursiones marineras de la pintora. Por eso, si en alguna marina hay vislumbres de tormenta, estos se resuelven en una mayor amplitud cromática, un poco a lo Turner, sin que se atenúe la paz que puede vis- lumbrarse incluso en la tormenta. En definitiva, Josefina ha obedecido en sus paisajes la máxima de Rembrandt: “Sin atmósfera, la pintura no es nada”. Josefina consigue hacer entrañables sus paisajes porque consigue plasmar en ellos la at- mósfera que, una vez más, es la atmósfera sentimental de la pintora, por encima, sin desvirtuarla, de la atmósfera propia del paisaje pintado. Hay que pintar el carácter esencial de las cosas. (Camille Pissarro) U n número no pequeño entre los cuadros de De la Torre lo cons- tituyen los bodegones y en ellos, por la infinita cantidad de objetos “bodegonables”, se puede observar mejor la vinculación afectiva de la autora y su obra. Algunos, no muchos, incluyen objetos domésticos, más bien rús- ticos que pueden constituir una especie de homenaje al mundo rural de una pintora de trayectoria vital más bien urbana que ha sentido la

RkJQdWJsaXNoZXIy NTYwMjU1